IMPERO (Yo mando)
Desde hace décadas, algo —o alguien— nos manipula con total impunidad.
Influye en nuestras decisiones sin que lo notemos. No invadieron con armas, sino con eslóganes. No dominaron gobiernos, sino pantallas. A través de los elementos publicitarios, han moldeado nuestros deseos, nuestras creencias, nuestra forma de vivir… y de obedecer. Mientras, el mundo sigue girando al ritmo de las campañas y las tendencias, solo unos pocos empiezan a ver los
hilos invisibles.
Las pantallas, los escaparates, las marquesinas y los carteles no solo anuncian: juzgan, exigen, sancionan. Dictan cómo vestir, qué decir, cómo comportarse.
Todo el mundo obedece. Nadie se pregunta por qué.
Tras ignorar una de esas consignas aparentemente inocuas, Leo comienza a notar que algo no encaja. Los mensajes parecen seguirlo, cambiar para él. Los maniquíes lo observan. Las pantallas lo analizan. Las voces detrás de los anuncios lo nombran. Y sobre todo, empieza a ver lo que otros no ven: una red invisible de control, conectada a través de grandes antenas camufladas como torres de iglesias, edificios públicos o farolas. Todo coordinado por una estructura secreta, un pequeño ejército de observadores, encargados de vigilar el cumplimiento de un orden que nadie votó, pero todos respetan.
Nunca le importaron los anuncios. Como a todos, los veía sin verlos. Pensaba que estaban ahí para vender, para distraer, para colorear un poco las calles. Pero hace semanas algo cambió. Los mensajes empezaron a parecer… personales.
Como si las pantallas supieran su nombre. Como si los maniquíes le estuvieran mirando. Y juzgando.